jueves, 23 de abril de 2026

Un Partido Contra Sí Mismo

  

Un partido contra sí mismo

 

La crisis del Partido Colorado no responde solo a factores externos, sino a una dinámica interna que ha obstaculizado su renovación y debilitado su identidad histórica.

En la historia política del Uruguay, pocos procesos resultan tan elocuentes como el progresivo desdibujamiento del Partido Colorado: no solo por su pérdida de centralidad electoral, sino por una transformación más profunda, casi silenciosa, que atraviesa su vida interna. Allí donde alguna vez se gestaron liderazgos capaces de proyectar un país —como el de José Batlle y Ordóñez— hoy parece imponerse una lógica más opaca, donde el surgimiento de nuevas figuras no encuentra impulso sino resistencia, como si el crecimiento propio se hubiera vuelto, paradójicamente, una amenaza.

Esa dificultad para procesar la renovación no parece un fenómeno aislado ni coyuntural, sino el síntoma de una dinámica más arraigada: la de un partido que, en lugar de ordenar sus tensiones para fortalecerse, ha tendido a administrarlas de un modo que termina debilitándolo. En ese marco, no resulta extraño que muchos de sus momentos de mayor retroceso no hayan sido consecuencia exclusiva de factores externos, sino también de decisiones, omisiones y disputas internas que, lejos de potenciarlo, han operado como un freno persistente a su propia proyección.

Más allá de nombres propios o coyunturas específicas, lo que parece estar en juego es algo más difícil de reconstruir: una identidad política reconocible. Cuando un partido deja de saber con claridad qué representa —o, más aún, cuando esa representación se vuelve difusa incluso para sus propios dirigentes—, la disputa interna deja de ser un motor de vitalidad para convertirse en un síntoma de desorientación. En ese vacío, cualquier intento de renovación no solo carece de dirección, sino que también puede ser percibido como una amenaza antes que como una oportunidad.

Esa misma lógica se vuelve particularmente visible en el plano legislativo, donde debería expresarse con mayor claridad la vocación de proyecto y de liderazgo. Sin embargo, lejos de consolidarse como un ámbito de articulación y proyección, la actuación de varios de sus representantes ha tendido a reproducir las mismas tensiones que atraviesan al partido: fragmentación, escasa coordinación y una preocupante dificultad para construir una voz política consistente. En ese desfasaje entre lo que se afirma públicamente y las prácticas internas que efectivamente se sostienen, emerge un problema más profundo: la incapacidad de traducir el discurso en conducta política. Cuando esa distancia se vuelve habitual, no solo se debilita la credibilidad hacia afuera, sino que también se erosiona cualquier posibilidad de ordenar hacia adentro un proceso de renovación genuino en el Partido Colorado.

Si esa lógica persiste, el Partido Colorado corre el riesgo de consolidar una decadencia que ya no será percibida como transitoria, sino como definitiva. No por falta de historia ni de figuras, sino por una práctica política que, al obstaculizar su propia renovación, termina vaciándolo de sentido. En ese escenario, la responsabilidad ya no podrá atribuirse a los cambios del sistema ni a la competencia externa, sino a una dirigencia que, incapaz de trascender sus propias limitaciones, habrá contribuido de manera decisiva a relegar al partido a un lugar marginal en la vida política del país.

 

Esequiel Odizzio


viernes, 10 de abril de 2026

Bienvenida

Bienvenidos al Blog donde comparto lo que escribo. 

Soy un escritor (entusiasta) en busca constante del aprendizaje a través de la propia lectura y los autores que influyen en mi. 

Fiódor Dostoievski, Albert Camus, Hermann Hesse, Chejov, Pushkin, Gogol, Nietzsche, Poe, entre otros tantos. 

Idea principal; el aprendizaje continuo pero por sobre todas las cosas LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD SIEMPRE. 

Gracias por visitar este blog que siempre estará en crecimiento. 

jueves, 9 de abril de 2026

Aquí y Ahora

 AQUÍ Y AHORA

          Una meditación sobre el instante que se disuelve sin aviso.

¿No será demasiado tarde comenzar a vivir, precisamente cuando ha llegado ya el momento de morir?-Seneca.

“Qué tienes miedo de perder si nada en este mundo te pertenece” solía decir Marco Aurelio. Esto es una verdad que nos cuesta afrontar, se llama la “ilusión de la posesión”, nada es nuestro. Todo nos fue prestado por un tiempo que no controlamos. Y aún así vivimos aferrados como si la permanencia estuviera garantizada, el sufrimiento nace cuando se confunde lo transitorio con lo eterno.

“Aquí y ahora”; porque realmente pareciese ser que es lo único que tenemos. El pasado es el pasado y ningún sentido tiene más aún sabiendo que los “recuerdos mienten un poco”, siempre fue así. Seneca, cuando se refería al pasado decía qué, “hay quienes desconocen la noción de tiempo, no controlan el pasado, el presente se les escapa y temen el futuro, y no aprenden ni a vivir ni a morir”. – Es por esto que deberíamos centrarnos en el “ahora”, porque, y, para no caer en una mirada nihilista, el futuro es incierto, no existe en realidad. Son trilladas las frases vulgares de que lo mejor está por venir y que el tiempo lo dirá, y así una infinidad de absurdas creencias, con el fin de esperanzar si sirve de consuelo a quienes nunca se tomaron la molestia de cuestionarse y continúan por la vida como una polilla que busca la luz. Porque al no saber morir y no saber vivir, es inevitable convertirse en el típico humano atolondrado que vive y no deja vivir y se da el lujo de guardar la vida para después.

La vida es una broma cruel disfrazada de propósito. Corremos detrás de sentidos inventados, acumulamos días como si sirvieran para algo y fingimos control sobre un destino que nunca nos perteneció. El tiempo no avanza: nos arrastra. Cada paso que damos hacia el futuro es, en realidad, un paso más hacia la muerte. Y aun así insistimos en creer que hay una meta, un significado, una razón que justifique la fugacidad de todo. Tal vez la única verdad posible sea que nada tiene sentido, y que lo más honesto que podemos hacer es mirar de frente ese vacío y seguir respirando, aunque sepamos que no lleva a ninguna parte. Esto no quiere decir que el “aquí y ahora” se pueda vivir a pleno.

Hay que alejarse de la muchedumbre e intentar vivir cada momento como si fuese el último, sin esperar que sea la vejez o la muerte que nos obligue a comprender esto. ¿Con qué evidencia se cuenta que no hay otro momento en la vida que no sea en el que ahora mismo nos encontramos?-lo propio del alma racional es que se contempla a sí misma, se endereza a sí misma, se hace a sí misma como quiere, cosecha por sí misma el fruto que da, y esto nos lo recuerda Marco Aurelio. Asumiendo que la vida tiene un propósito y un sentido así como también la muerte, el estoicismo hizo mucho incapié en ello. Aunque cueste no imaginar a Seneca o Marco Aurelio escribiendo los mejores consejos de vida desde lo más alto del poder, uno lo hacía con cuatro esclavos a su lado y el otro contemplaba el mar…

El verdadero significado de la vida, es vivirla. Porque quizá la vida no es corta, sino mal aprovechada. Aunque la mayoría de las personas desaprovechan el tiempo en lujos vulgares, ambiciones vacías búsquedas materiales, aprobación social. Por esta desgracia y la opinión ajena, común, no solo gime la gente y el vulgo ignorante si no también para aquellos que creen que tienen tiempo pero no lo tienen y dedicaron la obra de su vida a aparentar y encajar en lo más bajo y deplorable del gentío que asumió que sabe todo lo que va a suceder de principio a fin.

En definitiva quizá sí, cambiamos los días por obligaciones vacías y sigamos creyendo que realmente siempre vamos a tener tiempo para lo que creemos que realmente importa.

Porque el ser humano no es un objeto más entre otros; las cosas se determinan unas a otras, pero el hombre en última instancia, es su propio determinante, lo que alcanza a ser, considerando las limitaciones de su capacidad y su entorno, tiene que construirse él mismo. Aunque algunos nieguen su capacidad para asumir posturas personales ante las circunstancias, sean las que sean. Sí, porque como el hombre, el futuro también es impredecible. Somos seres finitos con libertad limitada.

Vivir aquí… y ahora…

“Actúa como si vivieras por segunda vez y la primera lo hubieras hecho tan desacertadamente como estás a punto de hacerlo ahora”.

 

 

 

Esequiel Odizzio


miércoles, 8 de abril de 2026

Estado de Interpretado

El Estado de Interpretado

El «estado de interpretado» (en alemán: Ausgelegtheit) en Heidegger, descrito en Ser y Tiempo, es la condición en la que el Dasein (ser humano) vive inmerso en una comprensión pública y heredada del mundo. La existencia se encuentra pre-interpretada por el «uno» (das Man), repitiendo significados comunes sin cuestionarlos, lo que representa una forma de inautenticidad.

En Heidegger, el estado de interpretado señala que nuestra existencia nunca parte de un vacío, sino que siempre se encuentra ya inmersa en un horizonte de significados heredados, costumbres y discursos que condicionan la manera en que comprendemos el mundo. Hoy, en una época marcada por la sobreabundancia de información, redes sociales y narrativas fragmentadas, este estado se hace aún más evidente: interpretamos la realidad desde marcos previos, algoritmos y lenguajes que nos preceden. Reconocerlo no implica resignación, sino la posibilidad de asumir conscientemente esa condición hermenéutica, abrir espacios de cuestionamiento y resistir la pasividad frente a interpretaciones impuestas. En el mundo contemporáneo, el estado de interpretado nos recuerda que la libertad no consiste en escapar de los significados, sino en aprender a habitarlos críticamente.

Parecería ser que esto es una cuestión filosófica, pero en realidad no lo es, es decir, no se trata solo de un tema filosófico, sino de una realidad en la que se vive aun sin darse cuenta. Lo que quiere decir es que, muchos seres humanos viven de interpretado desconociendo de que se trata.

En una clase de Filosofía, justamente, se discutía esta cuestión. Se tomaba, a proposito, el planteo de J. P. Sartre, donde deja bien claro con su postura existencialista que, “somos libres” “significa que el hombre empieza a existir, se encuentra, surge en el mundo, y que después se define. Asi no hay naturaleza humana, porque no hay Dios para concebirla. El hombre será ante todo lo que habrá proyectado ser”.

Ahora bien, este planteo destaca que somos libres, se diría que roza el “libre albedrio” y más aun, cuando Sartre plantea que, el que no se hace responsable de su libertad que parecería ser integra y sin excepciones “actúa de mala fe”. Suena parecido, pero es todo lo opuesto a lo que planteaba el otro filósofo y escritor francés Albert Camus, para él, esta postura sería el “suicidio filosófico”.

Llevando estas cuestiones al mundo de hoy; ¿vivimos realmente libres? ¿Pensamos como creemos que pensamos porque somos libres de hacerlo?

Si aplicamos el estado de interpretativo que planteó el Alemán Heidegger, la respuesta es no. No solo no somos libres como creemos, sino, que siendo así, ni siquiera somos libres de pensar lo que queremos pensar y, por añadidura no somos tan libres.

Aplicado al día a día, el concepto nos invita a reconocer que nuestras posturas políticas y sociales no surgen de una “opinión pura”, sino de un tejido de interpretaciones heredadas y compartidas. La tarea crítica consiste en asumir esa condición hermenéutica para no quedar atrapados en interpretaciones impuestas: cuestionar el discurso dominante, abrir espacio a voces marginadas y resistir la pasividad frente a la manipulación simbólica. En este sentido, el estado de interpretado se convierte en una herramienta para comprender cómo la política y la sociedad se sostienen en interpretaciones colectivas, y cómo la libertad se juega en la capacidad de habitarlas críticamente.

Es decir, estamos condicionados por creencias inculcadas, medios de comunicación, espacio geográfico, ideología política entre otras tantas. La verdad que creemos que es, ya ha sido interpretada por el entorno social, esto representa una inautenticidad. Las personas repiten lo que escuchan y así sucesivamente, significa que asumimos como propias dichas opiniones. Heidegger nos recuerda que nunca nos relacionamos con el mundo desde un punto neutro: siempre estamos ya inmersos en significados, discursos y estructuras que condicionan nuestra comprensión. En la vida política y social actual, esto se traduce en cómo recibimos y reproducimos narrativas mediáticas, slogans partidarios y opiniones colectivas. Las redes sociales, los noticieros y las conversaciones cotidianas nos sitúan en un entramado de interpretaciones previas que moldean nuestra percepción de la justicia, la economía o la convivencia.

En última instancia, el estado de interpretado nos recuerda que no somos espectadores aislados, sino actores inmersos en un tipo de significados que precede y condiciona nuestras decisiones. En el plano político y social, esto implica reconocer que nuestras opiniones y acciones se inscriben en narrativas colectivas que pueden tanto emancipar como manipular. La tarea, entonces, no es escapar de la interpretación, sino aprender a habitarla críticamente: cuestionar lo dado, abrir espacio a lo silenciado y asumir la responsabilidad de reinterpretar el mundo que compartimos. Solo así la hermenéutica deja de ser un límite y se convierte en posibilidad: la posibilidad de transformar la vida cotidiana en un ejercicio consciente de libertad.

De libertad, sí, porque la libertad tiene consigo el precio de la responsabilidad, porque cuanto más libre se es, parecería ser que debemos convivir con la responsabilidad que ello implica. Porque esto trae consigo otra incógnita ¿cuánta libertad estamos dispuestos a ceder? Sea de forma consciente o más bien de forma inconsciente.

Aceptar el estado de interpretado es reconocer que nuestra libertad nunca es absoluta: siempre se despliega dentro de marcos que nos preceden y que, en la vida política y social, se presentan como discursos de seguridad y control. Hoy, ser libres también significa estar vigilados, porque se nos dice que esa vigilancia garantiza protección y orden. Heidegger nos invita a ver que esa condición no es neutral: la interpretación que aceptamos como “seguridad” puede convertirse en un modo de limitar la apertura del ser. La verdadera tarea crítica consiste en asumir que la libertad no se juega en escapar de la vigilancia, sino en descubrir cómo reinterpretar esos marcos para que no nos conviertan en prisioneros de un sentido impuesto.

Esequiel Odizzio

 


viernes, 3 de abril de 2026

Politica e Inmediatez

Política e inmediatez: el alma humana en tiempos de vértigo

Vivimos en una época en la que todo ocurre demasiado rápido. Las noticias, las reacciones, los juicios y las disculpas parecen sucederse en un mismo instante. La política no ha quedado fuera de ese torbellino: hoy se gobierna, se opina y se juzga con la misma velocidad con la que se desliza un dedo por una pantalla. Pero, en medio de tanta urgencia, surge una pregunta inevitable: ¿dónde queda el alma humana?

Durante mucho tiempo la política fue un espacio de reflexión, de debate, incluso de espera. Las decisiones pasaban por la discusión y la maduración de ideas. Hoy, en cambio, pareciera que la mayor virtud de un dirigente es la rapidez con que responde a un comentario o publica un mensaje. Se ha instalado una lógica donde el silencio se interpreta como debilidad y la pausa como falta de convicción. Sin embargo, muchas veces la verdadera fortaleza está justamente en lo contrario: en tomarse el tiempo de pensar antes de hablar.

Esa velocidad permanente genera una paradoja. Nunca hubo tanta comunicación y, al mismo tiempo, tanta incomunicación. Nos enteramos de todo, pero comprendemos poco. Opinamos sobre todo, pero escuchamos poco. En ese ruido constante, lo humano —la empatía, la paciencia, la mirada hacia el otro— se vuelve un lujo. La política, que debería ser el arte de unir, termina atrapada en la lógica del impulso.

Es cierto que los tiempos cambiaron. Las redes sociales abrieron nuevos canales de contacto entre los representantes y la gente. Pero ese contacto, si no se cuida, corre el riesgo de volverse superficial. Lo importante no debería ser solo “estar presente” sino estar de verdad: escuchar, entender, acompañar. Y eso requiere tiempo, algo que la inmediatez moderna parece querer borrar.

Dostoievski escribió que “el secreto de la existencia humana no solo está en vivir, sino también en saber para qué se vive”. Tal vez la política debería preguntarse lo mismo. No basta con reaccionar ni con “estar en el tema”; hace falta sentido, propósito y alma. La gente no busca solo respuestas rápidas, sino también gestos sinceros y convicciones que resistan la moda del momento.

Cabe destacar, lo excluido que ha quedado el interior del país, no solo a nivel político sino también en avances tecnológicos; teniendo en cuenta que esto ha sido siempre así. Pareciese que a través de del mundo virtual se ha acercado el mundo de la capital al resto del país, lo que no se ve reflejado de la misma forma en la gente. Por eso a veces algo tan sencillo como tener presencia institucional en los departamentos, podría cambiar la dinámica de atención y conocimiento con y para la ciudadanía.

Recuperar la pausa, la palabra con peso, la acción con intención, puede parecer algo menor, pero es una forma de resistencia frente a un tiempo que todo lo acelera. La política necesita volver a tener alma, porque sin alma no hay rumbo, y sin rumbo solo queda el vértigo.


Esequiel Odizzio


jueves, 2 de abril de 2026

El Alzheimer (mi primer escritura, ya hace uno o dos años)

​El Alzheimer 

En medio de mis repetidos e insensatos esfuerzos, en medio de mi enérgica tenacidad en recoger algún vestigio de ese estado de vacío, hubo instantes en que soñé triunfar”. E. A. Poe.

 

 

Llevaba alrededor de quince días postrado en una cama, esa especie de mal que se había apoderado de mí que, según mi médico, que cuando tenía un tiempo me visitaba, poseía yo una dolencia del alma, entre otras cosas por la vida desatinada que había llevado, pero también es cierto que pocas veces prestaba atención a sus palabras y solía fingir que dormía, aunque esto a veces me costaba discernir; si soñaba o dormía. Por lo que hace tiempo me encontraba algo así como hipocondríaco. 

En definitiva, sabía que algún mal me aquejaba, pero desconocía del todo lo que realmente era.          

                                 Esa tarde por alguna razón me sentí un poco mejor y decidí que sería una buena idea salir a tomar un poco de aire fresco, ese que hace tantísimo no tomaba y escapar por unos instantes del olor sepulcral y putrefacto de mis aposentos, ya que la criada del edificio hacía alrededor de tres meses no realizaba los quehaceres de mi habitación, el mismo tiempo o quizá mucho más de lo que llevaba yo sin pagar mi renta.


Tomé mi saco negro de paño, el cual las polillas habían hecho lo suyo con él y caminé por la calle B… que si mal no recordaba desembocaba en el Bulevar R…. Las gentes de la cuidad caminaban a un tranco largo lo que suponía horario de salida de trabajo, así lo reflejaban algunas de las tabernas que comenzaban a poblarse como es costumbre luego de una jornada laboral.


Sería mi aspecto pálido, tantos días y noches sin ver la luz de nuestro astro Rey y la luna que aparecía esporádicamente. Imaginaba que me encontraba con un semblante nauseabundo, no tanto como cuando casi al llegar a la primera esquina, el olor horripilante a orín que caracterizaba a mi vecino que siempre traía consigo, aparte de su aspecto característico, obeso, sucio; una bolsa de comida. Otro rasgo típico de él era su pelo, cual pelo de puerco y el tamaño de sus cascarones de caspa. Como siempre hacía yo, respiraba, aguantaba el aire en los pulmones hasta cruzarlo y asegurarme que ya estuviese lejos de él, aunque dejara siempre una estela hedionda, parecido a un animal muerto en alguna carretera que aun así su olor se siente de varios kilómetros.            

                                                                                                                                                 Cuadras más adelante me encontré con una señora que, con cara de sorpresa, intentó disimular, aunque lo veía en su rostro, lo mal que me veía, mi mal aspecto. No recordaba a esta señora, aunque traté de no reflejarlo y atribuía mi falta de memoria al mal que venía padeciendo. A pesar de la desilusión que observaba en ella, parecía que me conocía de antaño. Estaba incomodo con la situación por lo que dije que llevaba prisa. Nos despedimos y caminé rápido para alejarme de ella; metros más adelante volteé la mirada y se encontraba parada en el mismo lugar observándome y no había cambiado la imagen de su rostro. 

Antes de llegar a la esquina miré hacia atrás dos veces más y, permanecía allí.                                                                                              Doble en la esquina hacia la izquierda ya que sentía que esa mirada me iba a perseguir hasta donde fuese, si es que iba a algún lugar.                                                                           Cuan desconcertado me encontraba que, no solo no recordaba a esa señora, sino que también había olvidado a que había salido, ¿por qué me encontraba yo allí?. Al cambiar de dirección observé que, a lo lejos, no tan lejos se encontraban las montañas que rodeaban la cuidad, los bosques aromáticos y el río que, sentía no visitaba hace tanto tiempo. Continuaba tras mis pasos hacia allí, pero ya no recordaba de dónde venía, era todo muy confuso, pero tan liberador a la vez.                                                                                                                                          Tras llegar a las montañas, me encontré con el atardecer, bello, brillante que de a poco se apagaba, así como lo hacía mi alma. Porque al estar allí pude contemplar lo hermoso que era y el vacío que dejaba el sol cuando terminaba de ocultarse, el mismo vacío que sintió mi alma que, al mirar hacia atrás y hacia adelante, no sabía ni de dónde venía ni hacia donde iba. Porque que triste es que, a uno la vida le arrebate lo que fue, lo que no fue, lo que pudo ser. Que triste sí, llegar a la cima de la montaña, pero, solo en cuerpo, porque el alma quedó desprendida por allí.

Supuse que, por mi cansancio físico y mental y algunas arrugas en mis manos que debería ser bastante mayor, quizá más de cincuenta años. Supe también que, ya no había corazón “solo un hueco allí”, ya no había memoria.

 El mal que me acompañaba que ni desde cuando recuerdo, me lo había quitado todo. Y que feo es que a uno le roben hasta si fue un alma noble o innoble, si hizo el bien o el mal y que el Dios todo poderoso no interviniese, porque no era todo poderoso, porque si fuese todo poderoso me hubiese liberado de este mal, pero, si el culpable era yo, entonces Dios no es todo poderoso.                

                                             Me habían quitado todo sí, todo me habían arrebatado, pero se les olvidó, como se me olvidó mi existencia, la decisión de dar ese paso, el paso al más allá cuando me dejé caer por el acantilado.

Porque de lo único que fui beneficioso, fue de mi propia muerte, esa que nunca le temí. Porque la muerte y el sufrimiento son parte sustancial de la vida.

 

 

El Alzhéimer ¡ay! El Alzhéimer…


Esequiel Odizzio 

                                                                                                               

miércoles, 1 de abril de 2026

El Asco

EL ASCO

(Inspirado en “El Lobo Estepario” y “Demian” de Hermann Hesse y “Notas del Subsuelo” de Dostoievski).


Dicen que la vida es un tránsito, una especie de puente tendido entre dos oscuridades. Pero para mí, ese tránsito siempre estuvo cargado de un sabor amargo, como una sustancia que se acumula detrás de la lengua y que, por más que uno intente tragar, vuelve a subir. Desde muy temprano comencé a percibir algo que los demás parecían pasar por alto: un olor rancio que emanaba de las cosas, de los rostros, de los gestos, de las voces demasiado seguras de sí mismas. No era algo que pudiera señalar con precisión. Era, más bien, una atmósfera. Un vapor del mundo. Un aliento del que nadie escapaba.

 

Algunas veces intenté convencerme de que exageraba, de que ese impulso interno era una especie de autodefensa, quizá un mecanismo del espíritu para justificar su propia incomodidad. Pero el asco no cedía. Me acompañaba incluso en los momentos de aparente paz, cuando todo parecía transcurrir sin sobresaltos. Allí estaba, como una sombra detrás de mi sombra, aguardando.

 

Recuerdo una frase que siempre me atravesó como una aguja: “mi sensibilidad está enferma de sobra, y por eso lo veo todo más claro que los demás”. Cuando la leí por primera vez, supe que alguien había puesto en palabras aquello que jamás me animé a confesar. No es que uno disfrute ver más claro: es una condena. Ver más claro implica ver la mugre detrás de los ornamentos, la mentira detrás de las sonrisas, la mezquindad que sostiene cada conversación trivial. Implica reconocer que, por más que uno pretenda ser un alma limpia, el mundo es un pantano y uno en algún punto terminará hundiéndose.

 

Y así, con el pasar de los años, comencé a sentir que dentro de mí convivían dos almas que se tensionaban, se arañaban, se contradecían. Una quería creer que la existencia tenía algún tipo de orden secreto; la otra se reía de esa idea y escupía sobre ella. Una aspiraba a cierta forma de pureza, aunque no supiera cómo alcanzarla. La otra se deleitaba descubriendo que la pureza era solo un invento de los ingenuos, un mito sin sustento.

 

Esa división interna se hacía sentir de forma tan intensa que a veces pensaba que no era dueño de mí mismo. Había momentos en que una de las almas intentaba elevarse, sostenerse en aquella frase que dice: “el pájaro lucha por salir del huevo”. Pero la otra volvía con su voz carcomida, recordándome que “la mejor forma de amar al prójimo es no acercarse demasiado a él”. Y en esa oscilación enfermiza, mi vida fue formándose como un péndulo perpetuo entre la repulsión y la necesidad de no ser consumido por ella.

 

Es curioso cómo el asco, cuando se instala, transforma todo. No requiere un objeto definido. No necesita una persona precisa. Es un asco general, amplio, cósmico. Un asco al mundo entero, a su banalidad, a su fragilidad, a su absurda insistencia en repetirse. Como si cada día fuera la copia barata del día anterior. Como si los argumentos que uno intenta esgrimir para sostener la vida fueran siempre los mismos, siempre insuficientes.

 

A veces me detenía en una plaza, o en el pasillo de un mercado, y observaba a la gente pasar. Rostros tensos por cosas pequeñas, miradas cansadas por deseos que ni siquiera les pertenecían. Y entonces volvía inevitable una frase que me perforó más de una vez: “me repugnaba su semblante satisfecho, como si el mundo entero fuera suyo por derecho”. Esa frase contenía en pocas palabras una verdad que yo había sentido tantas veces: la repugnancia hacia la autosuficiencia ajena, hacia la seguridad vacía de quienes no se preguntan jamás por qué viven o para qué.

 

Hay algo grotesco en la humanidad cuando se observa desde lejos. Algo que no se ve en la proximidad, porque la proximidad engaña. Pero cuando uno toma distancia, cuando se atreve a mirar sin el filtro de la cortesía, descubre una escena casi teatral: un conjunto de seres que se repiten, que se acumulan, que buscan sin saber qué buscan, que temen sin saber qué temen. Y allí, en ese escenario absurdo, el asco se vuelve inevitable. Como un reflejo primitivo del espíritu que ya no soporta tanta mediocridad.

 

No lo digo con soberbia; lo digo con cansancio. Todos, en algún momento de la vida, estamos llenos de asco por una cosa u otra. A veces por lo que el mundo nos da; otras, por lo que nos quita. A veces por lo que somos; otras, por lo que nunca podremos ser. Y ese asco, lejos de ser un accidente, parece ser la marca más honesta de la existencia. Una especie de señal que indica que estamos despiertos, aunque duela.

 

He intentado escapar de esa sensación. Lo juro. He intentado pensar que la vida tiene rincones cálidos, donde uno puede descansar sin sentir que algo se pudre alrededor. Pero siempre termino volviendo al mismo punto, como un animal que regresa al sitio de su herida. “Soy un hombre ridículo”, leí una vez, y comprendí que en esa ridiculez había algo profundamente humano. Que quizá todos lo somos, pero algunos tenemos la desgracia de saberlo.

 

A veces, en las noches más densas, escucho el diálogo de mis dos almas. Una suplica: basta, basta de esta lucidez corrosiva. La otra responde con una carcajada que me quema: la lucidez no se apaga, la lucidez contagia. Entonces me quedo en silencio, soportando esa guerra interna que nunca se resuelve, porque una parte de mí quiere huir del asco, mientras la otra se alimenta de él, lo estudia, lo desmenuza, lo convierte en una forma de conocimiento.

 

Lo grotesco del asunto es que esa segunda alma, la que se solaza en el asco, a veces parece más viva que la otra. Más franca. Más despierta. Como si estuviera conectada con la verdad más cruda de la existencia. Porque, ¿qué otra cosa es la vida sino un desfile continuo de absurdos? ¿Qué otra cosa son las relaciones humanas sino acercamientos fallidos, intentos torpes de comprensión, espejos deformados donde solo vemos nuestras propias faltas?

 

He visto gente celebrando triunfos que no significan nada, llorando por tragedias que se olvidarán al día siguiente, aferrándose a ideas que no resistirían un solo minuto de examen sincero. He visto multitudes comportarse como rebaños, siguiendo voces que ni siquiera entienden. Y, sobre todo, he visto la vulgaridad triunfar. Esa vulgaridad que se infiltra en todo: en las conversaciones, en los pensamientos, en los deseos, en las formas torpes de amar, en los modos epidérmicos de odiar. Una vulgaridad pegajosa, como un residuo que se adhiere a uno aunque intente mantenerse al margen.

 

En esos momentos de observación involuntaria, me volvía a estallar en la mente una frase como una bofetada: “me complacía humillarme y degradarme, pero me asqueaban los otros por exactamente lo mismo”. Esa contradicción me parecía perfecta, casi hermosa en su crueldad: uno desprecia en los demás lo que tampoco puede arrancarse a sí mismo. Ahí reside, pienso, una de las verdades más dolorosas de la condición humana: el asco es siempre también un espejo.

 

Y aún así, uno sigue. Sigue por costumbre, por miedo, por inercia. Sigue porque detenerse sería aceptar que todo carece de sentido. Sigue porque aunque la vida sea absurda, no es menos real. Y entonces surge otra fractura dentro del pecho: el deseo de escapar y el impulso de permanecer. El rechazo y la dependencia. Las dos almas de nuevo, empujándose una contra la otra, desgarrándose.

 

A veces una de ellas murmura: “había en mí dos almas, y una quería separarse de la otra”. Pero no se separan. No pueden. Se necesitan mutuamente para sostener la tensión del existir. Si una sola prevaleciera, quizá la vida se volvería insoportable. O quizá demasiado simple. Y la simplicidad también tiene un olor que provoca asco.

 

Cuando camino por la calle y veo a la gente apresurada, irritada, preocupada, risueña sin saber por qué, siento que estoy dentro de una obra de teatro mal ensayada. Nadie sabe sus líneas, nadie entiende el guion, pero todos pretenden que sí. Y esa pretensión es una máscara grotesca. Si pudiera arrancársela a alguien, aunque fuese por un segundo, vería debajo una mezcla de miedo, deseo, rabia y vacío. Y tal vez, en ese desorden, aparecería algo genuino. Pero la gente evita mostrarse. Prefiere parecer antes que ser. Prefiere repetir antes que pensar. Prefiere obedecer antes que sentir.

 

He visto a muchos hablar de amor con la naturalidad de quien pide una taza de café. Y mientras los escuchaba, me venía otra frase clavándose lentamente: “en el fondo, amaba solo por el placer de sufrir”. La crueldad de esa idea me acompañó durante años. ¿Cuántos aman por miedo, por costumbre, por huida? ¿Cuántos desean ser deseados sin preguntarse por qué? ¿Cuántos se aferran a otros no por amor, sino por horror al propio vacío?

 

Y el vacío, cuando se presenta, tiene un rostro muy claro: el rostro del asco. El asco es un maestro severo. No enseña con delicadeza. Enseña golpeando, hiriendo, exponiendo. Enseña que la existencia no es un regalo, sino una condena disfrazada de oportunidad. Enseña que los seres humanos son criaturas quebradas, sostenidas apenas por ideas prestadas y hábitos que nadie cuestiona.

 

He intentado, lo confieso, refugiarme en alguna forma de sentido. Pero toda tentativa termina cayendo como un edificio hecho de arena. Vuelvo siempre a lo mismo. A ese sentimiento que se instala cuando miro el mundo y siento que algo está profundamente fuera de lugar. “La vida es un tormento y no desaparece, y lo peor es que cada uno la quiere y la aprecia”. Esa frase me acompañó como una sentencia. Querer la vida pese al tormento. Aferrarse al dolor. ¿No es eso grotesco también?

 

A veces pienso que el asco es lo más honesto que me queda. Que es una forma de sabiduría, aunque sea amarga. No una sabiduría luminosa, sino una sabiduría arrastrada, como la que obtiene quien ha visto demasiado y ya no puede fingir inocencia. Mis dos almas, pese a su guerra constante, coinciden en algo: ninguna puede escapar. Ninguna quiere realmente hacerlo. Porque escapar implicaría olvidar, y olvidar sería traicionarse.

 

Entonces sigo caminando por este mundo, con la sensación de que todo está un poco podrido y de que, aun así, debo respirar su aire. Sigo observando, sigo pensando, sigo escuchando mis contradicciones internas. Y aunque quisiera no sentir asco, aunque quisiera ser capaz de mirar con cierta ternura, siempre retorno a esa náusea profunda. A esa certeza de que “el hombre siente placer en destruirse, en arruinarse la vida él mismo”, y que quizá el mundo no es más que una prolongación de esa tendencia.

 

Cuando acepto eso, la lucha entre mis dos almas se calma apenas. No desaparece, pero se aquieta. Como si ambas entendieran que su guerra es, en sí misma, otro absurdo. Que su existencia doble, contradictoria, es parte de la misma trama.

 

Y entonces me descubro una vez más a solas con mi pensamiento, mirando el mundo que se mueve sin entender por qué se mueve, observando a la gente que vive sin entender por qué vive. Y aunque sé que el asco me acompaña —como una sombra que ha aprendido mi nombre—, también sé que es, paradójicamente, lo que me mantiene despierto.

 

Quizá esa sea la verdad final que descubro, tarde o temprano, en cada rincón: el asco no es un enemigo, sino un recordatorio. Una señal de que aún no he caído en la estupidez general. Una prueba de que, aunque dividido, sigo siendo consciente. Y mientras esa conciencia arda, aunque sea como una llama sucia, seguiré caminando entre los restos del mundo.

 

Porque al final, el asco también es una forma de vida.

Y, aunque uno no quiera sentirlo, es ineludible.

Siempre se retorna a él.

 

 

Esequiel Odizzio

 


La Muerte

​  La Muerte (primer capítulo) Cósmicamente imposible de definir. Usar como adjetivo que, es darle la vuelta a la vida, es decir, el final...