La traición
“Placeres temporales, no construyen futuros permanentes”. A.D
Siempre se pensó que, la traición, solía provenir de desconocidos a los cuales uno les adjudica una confianza excesiva, inexistente, irracional, en un acto de buena fe. O de personas cercanas que, pertenecen a nuestro vínculo sea cual sea; pero en estos casos es más frecuente porque uno ha de esperar que esto suceda, es decir, en cualquier circulo donde existen vínculos, cualquier individuo está preparado (se supone) para lo peor. Se sabe que cosas peores pueden suceder.
Ahora bien; qué sucede, cuando esto, la traición, ¿ocurre en un vínculo que uno creía imposible? Es decir, de aquellas personas donde uno o más individuos ha depositado no solo la confianza, sino también el alma y el corazón. Pues bien, esto por lo general suele darse aun con más frecuencia en círculos, mucho más estrechos, proviene de esos que uno nunca cree, o los cree incapaces de cometer tal deslealtad, aun así, las personas tienden a estar con esta sospecha a pesar de todo, y más aún cuanto más bondadoso se muestra el otro, más grande suele ser su ego, su capacidad de traición y cometer actos aborrecibles a esos que tiene cerca, que por lo general suelen ser leales. Porque el que está por cometer la traición, siempre supo que la iba a cometer porque su alma es innoble por naturaleza y no conceden los espacios felices, es decir, cuentan con ese afán de destruir tarde o temprano, aunque todo parezca que está funcionando bien. Siempre con el objetivo del beneficio propio o cuando ven que algo que, entienden les pertenece solo a ellos, se ve en “peligro”.
El traidor, será que, en efecto, prefiere esa terquedad y esa voluntariedad, ¿frente a la ventaja? Es un misterio como obra el alma del inmoral, el que ya tiene entre manos hace tiempo, destruir; mide el “aquí y ahora”, las consecuencias pasan a un papel secundario. Porque una vez cometido este acto, de los más deplorables, el que lo comete, disfruta, se frota las manos, victorioso, ruin, nauseabundo, injustificable.
Estos hombres, los traidores, se parecen todos unos a otros, son tan torpes, como los borregos de un rebaño; y se menciona en plural, porque habitualmente, cuando esto sucede, siempre hay un alma macabra, lapidaria, la inmundicia humana hecha realidad, con un grupete de gentuza vulgar y atolondrada, que sigue (desde su punto de vista) de manera estoica, por así decirlo, estos actos atroces. Aunque pronto pierdan el desencanto (algunos) cuando ven las magnitudes, y lo que es sumergirse en el mundo de la lepra humana y pasar a ser una persona indigna, porque la raya al tigre, no se le quita más, ni la ley del indulto aplica para ellos.
En situaciones así, uno pasa a no ser nada y, “ellos” pasan a ser todo. En cambio, el traicionado, en primera instancia, siente tanta humillación, que se llega a sentir diminuto ante los acontecimientos. Al punto de temer terriblemente parecer un ridículo, y por ello, llegar a amar hasta la esclavitud, la rutina en todas las cosas externas; con toda pasión llevan el camino marcado, y se les estremece el alma ante cualquier excentricidad que pueda ocurrir de pronto. Esto es una ley de la naturaleza que rige para todos los hombres honestos.
Ahora bien, muchas gentes, que han padecido este acto desagradable de la traición, en su afán o desesperación, suelen apelar a curas del alma herida, inexistentes. Por lo general se los escucha hablar del famoso “karma”, que es donde se supone que todo lo que uno hace vuelve, sea para bien o para mal. También, acuden a lo espiritual, muchas veces dependen de un Dios, que los va a salvar del mal que padecen y de lo que han sido víctimas. Nuca suele verse al Dios ausente, más bien siempre uno se pregunta; “¿por qué calla así?” inclusive el mismo karma, ante un universo que no suele dar respuestas.
Es entonces, en este punto que los traicionados, humillados y ofendidos suelen cuestionarse, “¿cómo sigue esto?” ¿qué debería hacer?, es decir, ¿todo esto va a quedar impune?
Inevitablemente muchas cosas se cruzan por la cabeza y, la primera es la famosa venganza. Ahora bien, remontándonos a la teoría de Dostoievski, ya en el siglo XIX, mencionaba, que la venganza en sí era también un acto injustificable, dado que, la persona que se quiere vengar pasa mucho tiempo tras esa hazaña, con todo lo que ello implica. Envenenarse el alma aún más, gastar energía hasta por demás, caer tan bajo y ser tan miserable como el traidor que causó el daño, entre otras tantas y, así se pasarán los días. Mientras que el traidor, continuará con su vida, inclusive sin imaginar que alguien va tras él. Aunque solo ese cobarde sabe si duerme con la conciencia tranquila o no, cuando apoya la cabeza podrida en su almohada.
Porque cobardía es lo que les sobra, porque la traición es lo opuesto a ir directamente. Ser traicionero es gestar el mal por la espalda de los demás, son horas y horas de poner a trabajar esa empresa, la del engaño, buscar aliados, no medir los daños a los demás y en resumen este acto es, como venderle el alma al diablo de forma consciente, quizá hasta es dársela gratis. Porque para estos demonios no hay límites.
Son seres tan despreciables que, incapaces de dar la cara, o si la dan, será siempre desde la victimización y con justificativos bien elaborados e irrefutables, para los incrédulos. Porque un rasgo característico de estos rateros es la cobardía y la indiferencia, de los que, “gustan de actuar como si jugaran al billar, empleando la autoridad jerárquica”. Esos señores son tan héroes que, no aceptan el duelo, lo consideran algo indecente, este acto suele ser para estos caballeros para fracasados. Porque jamás van a mostrar rendición. Suelen dirigirse a los demás con una soberana soberbia y tono burlesco, también se puede observar cómo abren más de la cuenta los pies para caminar y se mantienen bien erguidos mostrando sus panzas llenas de banquetes del pueblo, con orgullo. Pero esto se puede interpretar como sinónimo de debilidad o miedo, que es típico de personas que muestran una cosa, pero son otra, porque indudablemente estos son actos de cobardía y, por ende, se podría deducir que, son unos miedosos. De corazón tímido y pudoroso, personas burdas que, cuando se les hurga el alma, no suelen darse por vencidos hasta el último minuto, pero solo en ellos se encuentra basura y la verdadera escoria de la humanidad.
El odio de los traidores es como la enfermedad de la tisis, que tienen la esperanza hasta el final y, aun cuando están muriendo, dicen que están sanos, pero cuando estén muriendo, todos le van a abandonar y dar la espalda y, seguramente digan “a ver cuando te mueres repugnante criatura”. Y, “no te preocupes, las cosas son así cuando uno vende su alma y, por añadidura, debe dinero, lo cual significa que no puede ni abrir la boca”. Además de echarle en cara, los propios inmorales, de lo inmundicia que fue en vida.
Nunca se sabe porque estos seres traidores, tienden a despreciar a todo aquello que los rodea. Suelen despreciar desmedidamente y miran por encima del hombro. Seres vanidosos en cuantos hay sobre la faz de la tierra. “pedantes elevados a grado sumo y el ser más repugnante, que jamás duda de sí mismo, o al menos no lo deja entrever, con un amor propio equiparable al de un Alejandro Magno”.
Solo los traidores, burros y bastardos pueden hacerse los valientes, pero eso solo hasta que se vean delante del famoso paredón. No merecen la pena prestarles atención, porque no significan absolutamente nada.
En resumen, la traición, como suele decirse, es un sentimiento que genera en los demás, en los traicionados, de antaño. Quiere decir que la traición es retroactiva, duele desde antes, porque es un acto de los más despectivos que se generó mucho antes de que llegue a la o las personas traicionadas. Duele desde un comienzo. Comienza la humillación desde aquella primera vez, mucho antes de que la traición se ejecute, donde uno o varios individuos, depositaron confianza, trabajo, expectativas, inclusive amor, porque para estas personas, las buenas personas, a pesar de que puede que lleguen a sospechar, siempre su alma noble les tira para el lado correcto. Porque aparentemente ser honesto, en estos casos queda en evidencia que es un sinónimo de ingenuidad.
Lo importante de todo esto, siempre va a ser, no solo predicar con la palabra, sino con el ejemplo. Porque a lo mejor y por una vez inclusive hasta por arte de magia, todo salga a la luz y, los miserables queden como lo que realmente son.
Porque qué triste que es, sí, tener una familia, tener hijos y de forma o mensaje subliminal estar inculcándoles toda esa maldad, jactarse de que, -mis hijos ven que soy un ejemplo. Pero pronto entenderán que no, que son hijos d unos rateros con bonito aspecto con pretensiones de clase elegante, pero rateros al fin.
Lo importante, no solo no es mentirle a los demás, sino no mentirse a uno mismo, porque “el que se miente a sí mismo y escucha sus propias mentiras llega a no distinguir ninguna verdad ni en su fuero interno ni a su alrededor, pues deja de respetarse a sí mismo y obviamente de respetar a los demás. No respetando a nadie, ya no puede amar, y al no tener amor, para ocuparse en algo y entretenerse, se entrega a las bajas pasiones y a los placeres groseros, llega hasta la bestialidad en sus vicios, y todo ello por mentir siempre a los demás y a sí mismo”.
Quizá debamos aprender qué, “si la gente que te rodea te empieza a parecer fea, es porque es fea de verdad. Y si te parece que tienen una actitud rara, casi seguro que así sea. Y mejor ir buscándose otros amigos”.
Esequiel Odizzio
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