El Alzheimer
En medio de mis repetidos e insensatos esfuerzos, en medio de mi enérgica tenacidad en recoger algún vestigio de ese estado de vacío, hubo instantes en que soñé triunfar”. E. A. Poe.
Llevaba alrededor de quince días postrado en una cama, esa especie de mal que se había apoderado de mí que, según mi médico, que cuando tenía un tiempo me visitaba, poseía yo una dolencia del alma, entre otras cosas por la vida desatinada que había llevado, pero también es cierto que pocas veces prestaba atención a sus palabras y solía fingir que dormía, aunque esto a veces me costaba discernir; si soñaba o dormía. Por lo que hace tiempo me encontraba algo así como hipocondríaco.
En definitiva, sabía que algún mal me aquejaba, pero desconocía del todo lo que realmente era.
Esa tarde por alguna razón me sentí un poco mejor y decidí que sería una buena idea salir a tomar un poco de aire fresco, ese que hace tantísimo no tomaba y escapar por unos instantes del olor sepulcral y putrefacto de mis aposentos, ya que la criada del edificio hacía alrededor de tres meses no realizaba los quehaceres de mi habitación, el mismo tiempo o quizá mucho más de lo que llevaba yo sin pagar mi renta.
Tomé mi saco negro de paño, el cual las polillas habían hecho lo suyo con él y caminé por la calle B… que si mal no recordaba desembocaba en el Bulevar R…. Las gentes de la cuidad caminaban a un tranco largo lo que suponía horario de salida de trabajo, así lo reflejaban algunas de las tabernas que comenzaban a poblarse como es costumbre luego de una jornada laboral.
Sería mi aspecto pálido, tantos días y noches sin ver la luz de nuestro astro Rey y la luna que aparecía esporádicamente. Imaginaba que me encontraba con un semblante nauseabundo, no tanto como cuando casi al llegar a la primera esquina, el olor horripilante a orín que caracterizaba a mi vecino que siempre traía consigo, aparte de su aspecto característico, obeso, sucio; una bolsa de comida. Otro rasgo típico de él era su pelo, cual pelo de puerco y el tamaño de sus cascarones de caspa. Como siempre hacía yo, respiraba, aguantaba el aire en los pulmones hasta cruzarlo y asegurarme que ya estuviese lejos de él, aunque dejara siempre una estela hedionda, parecido a un animal muerto en alguna carretera que aun así su olor se siente de varios kilómetros.
Cuadras más adelante me encontré con una señora que, con cara de sorpresa, intentó disimular, aunque lo veía en su rostro, lo mal que me veía, mi mal aspecto. No recordaba a esta señora, aunque traté de no reflejarlo y atribuía mi falta de memoria al mal que venía padeciendo. A pesar de la desilusión que observaba en ella, parecía que me conocía de antaño. Estaba incomodo con la situación por lo que dije que llevaba prisa. Nos despedimos y caminé rápido para alejarme de ella; metros más adelante volteé la mirada y se encontraba parada en el mismo lugar observándome y no había cambiado la imagen de su rostro.
Antes de llegar a la esquina miré hacia atrás dos veces más y, permanecía allí. Doble en la esquina hacia la izquierda ya que sentía que esa mirada me iba a perseguir hasta donde fuese, si es que iba a algún lugar. Cuan desconcertado me encontraba que, no solo no recordaba a esa señora, sino que también había olvidado a que había salido, ¿por qué me encontraba yo allí?. Al cambiar de dirección observé que, a lo lejos, no tan lejos se encontraban las montañas que rodeaban la cuidad, los bosques aromáticos y el río que, sentía no visitaba hace tanto tiempo. Continuaba tras mis pasos hacia allí, pero ya no recordaba de dónde venía, era todo muy confuso, pero tan liberador a la vez. Tras llegar a las montañas, me encontré con el atardecer, bello, brillante que de a poco se apagaba, así como lo hacía mi alma. Porque al estar allí pude contemplar lo hermoso que era y el vacío que dejaba el sol cuando terminaba de ocultarse, el mismo vacío que sintió mi alma que, al mirar hacia atrás y hacia adelante, no sabía ni de dónde venía ni hacia donde iba. Porque que triste es que, a uno la vida le arrebate lo que fue, lo que no fue, lo que pudo ser. Que triste sí, llegar a la cima de la montaña, pero, solo en cuerpo, porque el alma quedó desprendida por allí.
Supuse que, por mi cansancio físico y mental y algunas arrugas en mis manos que debería ser bastante mayor, quizá más de cincuenta años. Supe también que, ya no había corazón “solo un hueco allí”, ya no había memoria.
El mal que me acompañaba que ni desde cuando recuerdo, me lo había quitado todo. Y que feo es que a uno le roben hasta si fue un alma noble o innoble, si hizo el bien o el mal y que el Dios todo poderoso no interviniese, porque no era todo poderoso, porque si fuese todo poderoso me hubiese liberado de este mal, pero, si el culpable era yo, entonces Dios no es todo poderoso.
Me habían quitado todo sí, todo me habían arrebatado, pero se les olvidó, como se me olvidó mi existencia, la decisión de dar ese paso, el paso al más allá cuando me dejé caer por el acantilado.
Porque de lo único que fui beneficioso, fue de mi propia muerte, esa que nunca le temí. Porque la muerte y el sufrimiento son parte sustancial de la vida.
El Alzhéimer ¡ay! El Alzhéimer…
Esequiel Odizzio
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