La Muerte
(primer capítulo)
Cósmicamente imposible de definir. Usar como adjetivo que, es darle la vuelta a la vida, es decir, el final del principio sería redundante a algo tan indescriptible, si fuese así como se puede resumir que, todo se comprime, se desaparece, se apaga, se muere, pero, es como al principio, como cuando comienza la vida. Es inefable la muerte y también la vida, da igual en que orden se constituyan.
Mas pequeño aun que un milagro, mueve infinidad de átomos, o como se le quiera llamar y allí está, aparece la vida; universalmente, lo más difícil que puede ocurrir, pero ocurre, pretenciosamente y se abre camino, y sí, allí está, la vida. Porque es también inexplicable como se da vida, es decir, uno está vivo, uno comienza a existir. Verdaderamente gran error o acierto de la vida que da la vida misma. Porque del Caos comenzó la vida y con él finaliza, de la Madre Tierra y hacia la tierra vamos. Génesis, Big Bang o el Comienzo del Todo, es lo mismo, así nació la vida, mi vida, tu vida, vuestra vida.
La muerte, misteriosa, oscura y fría, negra o azulada muy profunda, con excesiva fuerza de gravedad, blanca y con olor a flores, marrón con olor a maderas viejas, viento frío y nuboso, viento hirviendo y sofocante, brillo incandescente. Porque la muerte se puede tocar, se puede sentir, soñar y hasta se puede oler. Y la vida es vida antes de la muerte, la calma antes de la tormenta.
El principio del fin; porque si comenzamos como finalizamos, de la tierra a la tierra, de la vida a la muerte, tal es así que, es de esperar, aunque difícil de asumir que la idea de la muerte, entre otras cosas genera placer, porque inconscientemente se nace no para morir, se nace para ir en la búsqueda constante de la muerte. Se refleja abiertamente en conductas autodestructivas que se repiten, vivir la vida en riesgo, pero esto es ineludible, porque estar vivo es un riesgo, de hecho, es mucho más factible estar muerto que estar vivo, es un milagro conservar la vida.
En esta búsqueda constante que se hace referencia, se busca el o los placeres de la vida, pero se encuentra goce y satisfacción y, es lo mismo que muerte, porque la pulsión de vida es lo opuesto a la pulsión de muerte, pero el fin es el mismo. En este caso lo que se busca es reducir el dolor de estar vivo y la cura para ello sería no estarlo.
En sueños, tan placenteros, la muerte nunca nos ha tratado mal, es decir, se sueña con estar muerto. La neurociencia ha descrito, casos de pacientes clínicamente muertos, donde relatan sus experiencias cercanas a la muerte, donde se coincide por unanimidad que, el estado de consciencia, placer, tranquilidad, emociones indescriptibles, fue allí, estando muertos. Existe negación plausible al respecto.
Ahora bien, todos decidieron regresar, esto resulta inexplicable, porque es como volver del paraíso al infierno. Pero como podría privarse un individuo de, volver a ver ese rostro que, alguna vez hizo latir encantado su corazón como nunca volvió a latir. Esta sensación uno la padece cuando ve de frente la muerte, entonces allí se pasa la vida entera y, quiere ver de nuevo con ese afán misterioso y se pregunta –pero ¿cómo? Si fue ayer cuando era más redondo, si fue ayer que brillaban sus cabellos mucho más, si fue ayer cuando fui tan feliz y hoy soy tan desdichado, porque la vida misma, el paso del tiempo, de aquello que era redondo, hoy es agrietado y lo demás es gris y áspero.
Y ¿qué me espera más allá? Nunca se sabe, pero todo lo que una vez quise, añoré... es un enigma saber cómo se siente estar solo allá en la muerte. Aun suponiendo que, uno se va preparando en vida para ese fin y, que la concepción, llegado el momento sea otra, es decir, asumir que la muerte es parte sustancial de la vida. Porque se sabrá que, una vez allí, todo será indoloro, lo más placentero que un humano puede aspirar que es, no sentir nada. Aun sabiendo que, se puede estar más solo en la muerte que en la vida.
Lo que quiere cualquier ser humano, independientemente de la muerte, es vivir. Aun cuando se suele dejar la vida para después, entonces ese afán no parece ser tan fidedigno, porque cuando el individuo se detiene, ve que ya es tarde, mientras la vida se va, mientras la vida pasa. Dejar la vida para después, esperar con toda impaciencia la gracia para poder reír y festejar.
En la vida, innegablemente, se pierde más de lo que se gana; cuantas cosas van quedando atrás, van quedando por el camino. Se puede voltear la mirada hacia ello, pero, solo serán simples recuerdos, de lo que fue de lo que pudo ser o de lo que debió haber sido, teniendo en cuenta que, los recuerdos mienten un poco. Al apreciar, todo siempre es hermoso, porque viene la muerte.
Se afirma que, al menos una vez en la vida, la muerte se ha inclinado sobre nosotros con su soplo glacial, tan cercano que el hielo parece fijarse en los huesos como una verdad imposible de negar. No es un mito: todos hemos sentido esa proximidad, todos hemos dialogado con ella en el silencio de la conciencia, aunque no lo confesemos. Y en ese roce late la paradoja: el placer más anhelado puede hallarse en su abrazo, pero seguimos huyendo de su certeza, como si la muerte fuera un secreto que se revela sólo a quienes saben escuchar, porque no se puede ignorar que hay seres humanos que, llegada determinada edad, comienzan a presentir su muerte, es decir, comienzan a verla... mucho más cerca cada vez. (por no nombrar algunas personas con enfermedades que, lastimosamente adquieren esa capacidad de saber qué día y a qué hora la muerte viene por ellos.
La muerte, al fin y al cabo, no es un accidente ni una excepción, sino la condición ineludible de toda vida. No importa si llega a los cuarenta o a los setenta: su certeza no se mide en años, sino en la inevitabilidad de su presencia. Por eso, lo único que nos queda es la preparación, esa conciencia de que el final nos espera en cualquier instante. Y, sin embargo, mientras tanto, fingimos. Fingimos que la plenitud es posible, que la vida puede ser vivida como si fuera eterna, aunque sepamos que esa plenitud es apenas un disfraz que se sostiene sobre la fragilidad del tiempo. La paradoja es que en ese fingimiento también se esconde la verdad: vivir como si la muerte no existiera es la única manera de soportar que sí existe. Así, la vida se convierte en una especie de teatro donde cada gesto es provisional, y la muerte, paciente espectadora, aguarda su turno para recordarnos que toda obra termina.
Esequiel Odizzio

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