miércoles, 1 de abril de 2026

El Asco

EL ASCO

(Inspirado en “El Lobo Estepario” y “Demian” de Hermann Hesse y “Notas del Subsuelo” de Dostoievski).


Dicen que la vida es un tránsito, una especie de puente tendido entre dos oscuridades. Pero para mí, ese tránsito siempre estuvo cargado de un sabor amargo, como una sustancia que se acumula detrás de la lengua y que, por más que uno intente tragar, vuelve a subir. Desde muy temprano comencé a percibir algo que los demás parecían pasar por alto: un olor rancio que emanaba de las cosas, de los rostros, de los gestos, de las voces demasiado seguras de sí mismas. No era algo que pudiera señalar con precisión. Era, más bien, una atmósfera. Un vapor del mundo. Un aliento del que nadie escapaba.

 

Algunas veces intenté convencerme de que exageraba, de que ese impulso interno era una especie de autodefensa, quizá un mecanismo del espíritu para justificar su propia incomodidad. Pero el asco no cedía. Me acompañaba incluso en los momentos de aparente paz, cuando todo parecía transcurrir sin sobresaltos. Allí estaba, como una sombra detrás de mi sombra, aguardando.

 

Recuerdo una frase que siempre me atravesó como una aguja: “mi sensibilidad está enferma de sobra, y por eso lo veo todo más claro que los demás”. Cuando la leí por primera vez, supe que alguien había puesto en palabras aquello que jamás me animé a confesar. No es que uno disfrute ver más claro: es una condena. Ver más claro implica ver la mugre detrás de los ornamentos, la mentira detrás de las sonrisas, la mezquindad que sostiene cada conversación trivial. Implica reconocer que, por más que uno pretenda ser un alma limpia, el mundo es un pantano y uno en algún punto terminará hundiéndose.

 

Y así, con el pasar de los años, comencé a sentir que dentro de mí convivían dos almas que se tensionaban, se arañaban, se contradecían. Una quería creer que la existencia tenía algún tipo de orden secreto; la otra se reía de esa idea y escupía sobre ella. Una aspiraba a cierta forma de pureza, aunque no supiera cómo alcanzarla. La otra se deleitaba descubriendo que la pureza era solo un invento de los ingenuos, un mito sin sustento.

 

Esa división interna se hacía sentir de forma tan intensa que a veces pensaba que no era dueño de mí mismo. Había momentos en que una de las almas intentaba elevarse, sostenerse en aquella frase que dice: “el pájaro lucha por salir del huevo”. Pero la otra volvía con su voz carcomida, recordándome que “la mejor forma de amar al prójimo es no acercarse demasiado a él”. Y en esa oscilación enfermiza, mi vida fue formándose como un péndulo perpetuo entre la repulsión y la necesidad de no ser consumido por ella.

 

Es curioso cómo el asco, cuando se instala, transforma todo. No requiere un objeto definido. No necesita una persona precisa. Es un asco general, amplio, cósmico. Un asco al mundo entero, a su banalidad, a su fragilidad, a su absurda insistencia en repetirse. Como si cada día fuera la copia barata del día anterior. Como si los argumentos que uno intenta esgrimir para sostener la vida fueran siempre los mismos, siempre insuficientes.

 

A veces me detenía en una plaza, o en el pasillo de un mercado, y observaba a la gente pasar. Rostros tensos por cosas pequeñas, miradas cansadas por deseos que ni siquiera les pertenecían. Y entonces volvía inevitable una frase que me perforó más de una vez: “me repugnaba su semblante satisfecho, como si el mundo entero fuera suyo por derecho”. Esa frase contenía en pocas palabras una verdad que yo había sentido tantas veces: la repugnancia hacia la autosuficiencia ajena, hacia la seguridad vacía de quienes no se preguntan jamás por qué viven o para qué.

 

Hay algo grotesco en la humanidad cuando se observa desde lejos. Algo que no se ve en la proximidad, porque la proximidad engaña. Pero cuando uno toma distancia, cuando se atreve a mirar sin el filtro de la cortesía, descubre una escena casi teatral: un conjunto de seres que se repiten, que se acumulan, que buscan sin saber qué buscan, que temen sin saber qué temen. Y allí, en ese escenario absurdo, el asco se vuelve inevitable. Como un reflejo primitivo del espíritu que ya no soporta tanta mediocridad.

 

No lo digo con soberbia; lo digo con cansancio. Todos, en algún momento de la vida, estamos llenos de asco por una cosa u otra. A veces por lo que el mundo nos da; otras, por lo que nos quita. A veces por lo que somos; otras, por lo que nunca podremos ser. Y ese asco, lejos de ser un accidente, parece ser la marca más honesta de la existencia. Una especie de señal que indica que estamos despiertos, aunque duela.

 

He intentado escapar de esa sensación. Lo juro. He intentado pensar que la vida tiene rincones cálidos, donde uno puede descansar sin sentir que algo se pudre alrededor. Pero siempre termino volviendo al mismo punto, como un animal que regresa al sitio de su herida. “Soy un hombre ridículo”, leí una vez, y comprendí que en esa ridiculez había algo profundamente humano. Que quizá todos lo somos, pero algunos tenemos la desgracia de saberlo.

 

A veces, en las noches más densas, escucho el diálogo de mis dos almas. Una suplica: basta, basta de esta lucidez corrosiva. La otra responde con una carcajada que me quema: la lucidez no se apaga, la lucidez contagia. Entonces me quedo en silencio, soportando esa guerra interna que nunca se resuelve, porque una parte de mí quiere huir del asco, mientras la otra se alimenta de él, lo estudia, lo desmenuza, lo convierte en una forma de conocimiento.

 

Lo grotesco del asunto es que esa segunda alma, la que se solaza en el asco, a veces parece más viva que la otra. Más franca. Más despierta. Como si estuviera conectada con la verdad más cruda de la existencia. Porque, ¿qué otra cosa es la vida sino un desfile continuo de absurdos? ¿Qué otra cosa son las relaciones humanas sino acercamientos fallidos, intentos torpes de comprensión, espejos deformados donde solo vemos nuestras propias faltas?

 

He visto gente celebrando triunfos que no significan nada, llorando por tragedias que se olvidarán al día siguiente, aferrándose a ideas que no resistirían un solo minuto de examen sincero. He visto multitudes comportarse como rebaños, siguiendo voces que ni siquiera entienden. Y, sobre todo, he visto la vulgaridad triunfar. Esa vulgaridad que se infiltra en todo: en las conversaciones, en los pensamientos, en los deseos, en las formas torpes de amar, en los modos epidérmicos de odiar. Una vulgaridad pegajosa, como un residuo que se adhiere a uno aunque intente mantenerse al margen.

 

En esos momentos de observación involuntaria, me volvía a estallar en la mente una frase como una bofetada: “me complacía humillarme y degradarme, pero me asqueaban los otros por exactamente lo mismo”. Esa contradicción me parecía perfecta, casi hermosa en su crueldad: uno desprecia en los demás lo que tampoco puede arrancarse a sí mismo. Ahí reside, pienso, una de las verdades más dolorosas de la condición humana: el asco es siempre también un espejo.

 

Y aún así, uno sigue. Sigue por costumbre, por miedo, por inercia. Sigue porque detenerse sería aceptar que todo carece de sentido. Sigue porque aunque la vida sea absurda, no es menos real. Y entonces surge otra fractura dentro del pecho: el deseo de escapar y el impulso de permanecer. El rechazo y la dependencia. Las dos almas de nuevo, empujándose una contra la otra, desgarrándose.

 

A veces una de ellas murmura: “había en mí dos almas, y una quería separarse de la otra”. Pero no se separan. No pueden. Se necesitan mutuamente para sostener la tensión del existir. Si una sola prevaleciera, quizá la vida se volvería insoportable. O quizá demasiado simple. Y la simplicidad también tiene un olor que provoca asco.

 

Cuando camino por la calle y veo a la gente apresurada, irritada, preocupada, risueña sin saber por qué, siento que estoy dentro de una obra de teatro mal ensayada. Nadie sabe sus líneas, nadie entiende el guion, pero todos pretenden que sí. Y esa pretensión es una máscara grotesca. Si pudiera arrancársela a alguien, aunque fuese por un segundo, vería debajo una mezcla de miedo, deseo, rabia y vacío. Y tal vez, en ese desorden, aparecería algo genuino. Pero la gente evita mostrarse. Prefiere parecer antes que ser. Prefiere repetir antes que pensar. Prefiere obedecer antes que sentir.

 

He visto a muchos hablar de amor con la naturalidad de quien pide una taza de café. Y mientras los escuchaba, me venía otra frase clavándose lentamente: “en el fondo, amaba solo por el placer de sufrir”. La crueldad de esa idea me acompañó durante años. ¿Cuántos aman por miedo, por costumbre, por huida? ¿Cuántos desean ser deseados sin preguntarse por qué? ¿Cuántos se aferran a otros no por amor, sino por horror al propio vacío?

 

Y el vacío, cuando se presenta, tiene un rostro muy claro: el rostro del asco. El asco es un maestro severo. No enseña con delicadeza. Enseña golpeando, hiriendo, exponiendo. Enseña que la existencia no es un regalo, sino una condena disfrazada de oportunidad. Enseña que los seres humanos son criaturas quebradas, sostenidas apenas por ideas prestadas y hábitos que nadie cuestiona.

 

He intentado, lo confieso, refugiarme en alguna forma de sentido. Pero toda tentativa termina cayendo como un edificio hecho de arena. Vuelvo siempre a lo mismo. A ese sentimiento que se instala cuando miro el mundo y siento que algo está profundamente fuera de lugar. “La vida es un tormento y no desaparece, y lo peor es que cada uno la quiere y la aprecia”. Esa frase me acompañó como una sentencia. Querer la vida pese al tormento. Aferrarse al dolor. ¿No es eso grotesco también?

 

A veces pienso que el asco es lo más honesto que me queda. Que es una forma de sabiduría, aunque sea amarga. No una sabiduría luminosa, sino una sabiduría arrastrada, como la que obtiene quien ha visto demasiado y ya no puede fingir inocencia. Mis dos almas, pese a su guerra constante, coinciden en algo: ninguna puede escapar. Ninguna quiere realmente hacerlo. Porque escapar implicaría olvidar, y olvidar sería traicionarse.

 

Entonces sigo caminando por este mundo, con la sensación de que todo está un poco podrido y de que, aun así, debo respirar su aire. Sigo observando, sigo pensando, sigo escuchando mis contradicciones internas. Y aunque quisiera no sentir asco, aunque quisiera ser capaz de mirar con cierta ternura, siempre retorno a esa náusea profunda. A esa certeza de que “el hombre siente placer en destruirse, en arruinarse la vida él mismo”, y que quizá el mundo no es más que una prolongación de esa tendencia.

 

Cuando acepto eso, la lucha entre mis dos almas se calma apenas. No desaparece, pero se aquieta. Como si ambas entendieran que su guerra es, en sí misma, otro absurdo. Que su existencia doble, contradictoria, es parte de la misma trama.

 

Y entonces me descubro una vez más a solas con mi pensamiento, mirando el mundo que se mueve sin entender por qué se mueve, observando a la gente que vive sin entender por qué vive. Y aunque sé que el asco me acompaña —como una sombra que ha aprendido mi nombre—, también sé que es, paradójicamente, lo que me mantiene despierto.

 

Quizá esa sea la verdad final que descubro, tarde o temprano, en cada rincón: el asco no es un enemigo, sino un recordatorio. Una señal de que aún no he caído en la estupidez general. Una prueba de que, aunque dividido, sigo siendo consciente. Y mientras esa conciencia arda, aunque sea como una llama sucia, seguiré caminando entre los restos del mundo.

 

Porque al final, el asco también es una forma de vida.

Y, aunque uno no quiera sentirlo, es ineludible.

Siempre se retorna a él.

 

 

Esequiel Odizzio

 


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