La Casta
“Ascendencia o linaje” “en algunas sociedades, grupo que forma una clase especial y tiende a permanecer separado de los demás por su raza, religión, CLASE SOCIAL”, etc. Gozan de privilegios económicos y políticos entre otros, inimaginables para un ciudadano “común”. VIVEN DEL CONTRIBUYENTE, VIVEN DEL PUEBLO. Precisamente Uruguay es el país donde la casta política tiene los sueldos más elevados. Aun así, es un país que no sale, hace décadas, “del país en vías de desarrollo y crecimiento”.
Inevitablemente, estos privilegios cual Luis XIV de Francia, solo alcanza para los que pertenecen a la casta, es decir, a los políticos y los que tienen un cargo político. Tal es así que se debe contribuir alrededor de medio año para financiarlos. Sus viajes, sus cenas, entre la infinidad de privilegios absurdos con los que cuentan si se llegara a comparar con los de un ciudadano “normal” que trabaja todos los días por menos de la cuarta parte de lo que ellos perciben; inclusive docentes, agentes de la seguridad, entre otros tantos. Esto, más que injusto suena ridículo.
No se puede pasar por alto que aparte de los innumerables e injustificables beneficios, cuentan con los “famosos” FUEROS, donde se establece que, un político, no sea procesado penal o civilmente sin un permiso previo del congreso. Es inmunidad parlamentaria, disfrazada de “asegurar que puedan realizar su trabajo”.
Hace muy poco, un político reconocido en Uruguay manifestó “que la casta, perciben viáticos elevados o VIAJAN EN DELEGACIONES oficiales, describiéndolos como unos privilegiados que se alejan de la realidad”. Hay que aclarar que, él cuenta con los mismos beneficios. Por supuesto que, esto no inquietó a nadie, porque, pobres, los que no tienen idea de esta realidad; son aquellos que día a día hacen hasta lo imposible para vivir, mejor dicho, sobrevivir. Pero los que sí saben, los seres más deplorables como hemos mencionado en otras oportunidades, esos llenos de banquetes del pueblo de arrogante aspecto, los del reinado de la impunidad, miran hacia otro lado, como es de esperar, no sea qué tengan que repartir algo. ¿no será pecado aguantar, que decidan de una vez derramar?
Mientras algunos hacen malabares para poder vivir, ellos, sí, ellos, la casta, quienes están sentados a cierta distancia; y entonces en ese ambiente monstruoso de estúpido buen humor, se golpean el pecho. Donde ese atajo les aleja del intratable y horrendo mundo de los plebeyos. No sea cosa que esta gentuza reine por un tiempo en las tinieblas y en la noche, en las espantosas pero abundantes profundidades y pronto vuelvan al lugar que les corresponde, el mundo real. Donde no existe todo eso, no hay lugar para los más miserables, pero miserables, porque la miseria de la casta les ha llegado y nacen y viven pobres, con mucho menos posibilidades que estos seres repugnantes, pero en definitiva siguen siendo olvidados y sustituidos, mientras los rateros elegantes, pertenecientes a la casta se pasan el poder de mano en mano.
A muchos de ellos, se los reconoce porque, a pesar de todo, profesan con la fanfarronería barata de esos estúpidos, sanguinarios y desdichados del rincón más apartado de un escenario inabarcable, y a decir verdad tarde o temprano esas criaturas no resultan ser muy esplendidas que digamos, sino más bien, desagradables seres nauseabundos, que toman whisky y fuman, huelen mal.
Por el otro lado tenemos a los que día a día van tras su humilde objetivo. Con esa fuerza vital elemental y con la implacable certeza moral procedente de un origen humilde. Mientras la casta sigue, en su funesto ritual, que roza la idiotez, sumida en un afán de triunfo rayano en lo patológico, con una frialdad vulgar impregnada de un espíritu grosero y cuartelero, con el infierno profundo de la chabacanería, de la insensibilidad, del odio dañino y de la vulgaridad lasciva. Esto les sale de las entrañas, provocado por el asco y la amargura, aunque sonrían siempre con ese tinte macabro. Que suelen hacerlo para sobrevivir a los de ellos; resistir a la mugre babosa del entorno que forman parte.
La casta, pierde con frecuencia su humor burgués, acostumbrados a que se quiten el sombrero ante ellos, porque estos, nunca alcanzan la mansedumbre y grandeza de vivir, viven a lo grande, pero económicamente, vacíos de espíritu y alma. Porque para ellos solo tiene valor el dinero y el poder. Lo demás no, ni la patria, ni la religión, ni la amistad, ni las opiniones de los más desamparados, todo eso les provoca nauseas. Seres vanidosos si los hay sobre la faz de la tierra. Y con su lujo, la miseria confundida. “soplos sangrientos de mil lúgubres festines, estremecimientos de deleite, afanes, espantos, manos de delincuentes, de usureros, de santos, ambiciosos y temerarios”.
Se caracteriza, la casta, por llevar consigo además de mucho más de lo que en realidad debiera corresponderles, por llevar cada uno de ellos un alma flaca, asquerosa y raquítica, y la crueldad es su placer. Porque virtud, no tienen ninguna. Viven ellos de pasados oscuros, aun así quieren que se crea en ellos. Por eso son predicadores de la muerte en realidad y predican a su vez, trasmundos. Con su veneno elaboran bálsamo. Reivindican un espíritu entero para que los pregone, pero su espíritu es la fuerza entera de repudiar y odiar. Ansían como nuevos ídolos, rodearse de héroes y hombres de honor. Les gusta como mounstros que son, entrar en calor con el sudor ajeno. “Practican la continencia, sí; pero la perra sensualidad asoma envidiosa en todo lo que hacen. Parece que en el fondo no toleran sentirse invisibles, porque se sienten empequeñecidos y, su mediocridad es una brasa de venganza invisible”.
Los hombres no son iguales y, así habla la justicia. Pero no hay que dejarse echar a perder por el terror y espectaculo del mal que usan. Porque se tildan de sabios, pero no lo son, y realmente no lo son y muchas veces la maldad de estos hombres está por debajo de su fama, es decir, aparentan guerreros romanos, pero simplemente temen a la soledad y es un disfraz patético para su circo millonario, que es del que viven.
Es importante destacar sus cualidades, porque estas son sus cualidades, pero sin olvidar que son quienes nos gobiernan y, gracias a cada ser humano del mundo del olvido, es que ellos, están donde están. Siempre en primera fila y el pueblo siempre atrás, qué ironía.
“Sudar no les cambia la racha, no”, parecería que siempre van un paso adelante.
Lo preocupante es que siempre ha sido así y, las probabilidades de que cambie son nulas. Inclusive se sumergen en un juego macabro, saliendo en televisión, dando un espectáculo nefasto, cargado de burla, donde se “dicen cosas unos a otros”, se deja entrever, es muy claro que, en el reinado de la idiotez, mucha gente puede quedar conforme, sobre todo los pobres incrédulos. Pero esa fanfarria está cargada de palabras burdas y “psicología inversa”. “No es Dios todo lo que reluce” “sonríen todo el tiempo y se hacen ver, por lo felices que están de sonreír”, para ellos el cielo está tendido y el infierno encendido.
“Pobres tontos, pobres diablos, lunáticos diamantes, prometidos de carne, lánguidos impalpables”. Son estos amos, que juegan al esclavo. Manteniendo sus privilegios y usando la ley a su favor. Va de izquierda a derecha.
En resumen; La casta política se aferra a sus privilegios con un descaro que roza lo absurdo. Mientras ellos multiplican sus beneficios, por debajo quedan los desprivilegiados, condenados a sostener un sistema que los margina. Es un abuso intolerable, una farsa que desnuda la distancia entre quienes gobiernan y quienes padecen. La casta política no gobierna: parasita. Su poder es un teatro grotesco sostenido por el sacrificio de los más infelices. Y mientras ellos se reparten el botín, abajo solo queda el eco del abuso, la confirmación brutal de que el absurdo es ley.
La casta es, ustedes, los intocables. “La riqueza es como el agua salada, cuanto más se bebe, más sed da”. Sobre todo, para los inmorales que la manejan en cantidad, pero ni les corresponde a estas horrendas criaturas funestas.
“Este asunto está ahora y para siempre en sus manos”.
Esequiel Odizzio.
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